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La señal del CIDE

La señal del CIDE

Reforma

En la relación entre gobierno y academia, terreno particularmente sensible en la 4T, el tono importa mucho. Hay señales en la decisión de Rosaura Ruiz.

Hay decisiones que, sin contexto, parecen pequeñas. Y lo son.
Hay otras que, por el momento en que suceden y por el lugar donde ocurren, dicen mucho más de lo que aparentan. Su significado —por así decirlo— se desplaza.

La remoción de José Antonio Romero Tellaeche como director del Centro de Investigación y Docencia Económicas, anunciada el lunes pasado por Rosaura Ruiz, pertenece a esta segunda categoría.

Anuncia algo. Una señal clara.

El CIDE es una institución pequeña. Diminuta si se la compara con la UNAM. Más de 350 mil estudiantes y cerca de 50 mil millones de pesos de un lado; alrededor de mil alumnos y un presupuesto marginal, del otro. Es casi irrelevante.

Y, sin embargo, desde hace décadas el CIDE ocupa un lugar desproporcionado en la vida pública mexicana. Su relevancia no radica en el tamaño. Lo hace en la densidad de lo que encarna: estándares internacionales, formación rigurosa y capacidad crítica.

Acaso por ello, en los últimos años, el CIDE dejó de ser solo un centro de investigación y adquirió un significado que rebasó lo estrictamente académico. En su conflicto se condensaron tensiones más amplias: entre poder y conocimiento, entre gobierno y autonomía, entre política y academia. No fue el único espacio donde esto ocurrió, pero sí uno de los más visibles. Ahí se vio con especial claridad hasta dónde podía llegar la tentación de relacionarse con las instituciones del conocimiento desde la desconfianza y la confrontación.

Romero Tellaeche fue el rostro de esa etapa. Quienes todavía lo presentan como emblema de un proyecto transformador confunden ambición con propósito. Para él no hubo otra cosa que sí mismo.

En la comunidad del CIDE —simpatizantes y críticos de la 4T por igual— se produjo una coincidencia poco común: el reconocimiento de una acumulación persistente de quejas por maltrato laboral, incumplimiento de reglas y parálisis administrativa. El resultado fue un CIDE exhausto y permanentemente expuesto a crisis evitables.

No hace falta el inventario. Basta una constatación compartida por toda la comunidad: las universidades no están hechas para la lógica de la trinchera.

Por eso importa la decisión de Rosaura Ruiz. No porque cierre el problema —los entuertos de esta magnitud no se deshacen con un acto administrativo—, sino porque corrige. Admite. Reconoce. Rectifica.

Tras años de confundir la corrección con la claudicación, el gesto adquiere un peso propio. La señal cuenta.

La corrección llega tarde, sin duda. El daño reputacional está hecho. La reconstrucción del CIDE será larga y costosa; requerirá recursos, reglas claras y tiempo sin sobresaltos. Precisamente por eso, detener la inercia de la confrontación se volvió ineludible.

Lo interesante es que la señal no parece aislada. Hace menos de dos semanas, la presidenta Claudia Sheinbaum convocó a un grupo plural de economistas a Palacio Nacional para discutir la situación económica del país. Fue una “reunión inédita”. Como señaló Gerardo Esquivel, se trató de un “ejemplo de apertura y de disposición a escuchar a la comunidad académica y a especialistas externos”.

Ese gesto, como el que describo aquí, importó menos por lo que resolvió que por lo que insinuó.

Leídas en conjunto, ambas decisiones sugieren algo más amplio: el inicio de una segunda etapa del sexenio. Una etapa menos definida por la confrontación heredada y más anclada en la corrección pragmática. Menos obsesionada con los demonios del pasado y más interesada en recomponer puentes que nunca debieron romperse.

Conviene no celebrar en exceso. Las señales no equivalen a políticas públicas. Los gestos no reemplazan presupuestos. Aun así, en la relación entre gobierno y academia —un terreno particularmente sensible en la 4T— el tono importa. Mucho. Durante siete años fue áspero, defensivo, innecesariamente hostil. Empieza a dejar de serlo.

El 14 de noviembre de 2024 publiqué en este espacio una columna titulada Esperando a Godot. Me preguntaba si, como Vladimir y Estragón, estaríamos condenados a esperar indefinidamente una señal de pluralidad y apertura desde Palacio Nacional.

A juzgar por lo ocurrido en los últimos días, alguien toca a la puerta. Ojalá, esta vez, sea Godot.

Fuente: https://www.reforma.com/la-senal-del-cide-2026-01-29/op307431

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