La Marcha y el choque de trenes

La Marcha y el choque de trenes

La marcha del domingo 13 de noviembre en “defensa del INE”, no producirá un cambio esencial en la escalada de radicalización y polarización del Presidente de la República y el movimiento que encabeza. No obstante la multitudinaria presencia en la capital del país -se contaron por decenas de miles -, y las significativas movilizaciones en alrededor de 50 ciudades del país, no se aprecia la mínima intención de rectificar o por lo menos, matizar la narrativa confrontacional. Al contrario, la respuesta a la marcha será otra marcha.

Tocado en el alma de su estrategia histórica: la movilización popular, pero confiado demás en su método de polarización, el Presidente López Obrador está incurriendo en un error estratégico al final de su sexenio: dotar de una auténtica bandera a la maltrecha y “moralmente derrotada” oposición partidista, especialmente a la alianza del PRI y del PAN. Darle oxigeno a la coalición de los intereses empresariales con la cúpulas partidistas que hasta ahora no habían encontrado una causa eficiente que realmente los cohesionara con los intereses ciudadanos. El INE es esa causa.

No porque el INE sea la institución que algunos han idealizado por estos días, inmaculado o “intocable”. Pero sí, porque es una institución que hasta ahora es la mejor construcción que tenemos fruto de muchos años de luchas de ejemplares liderazgos políticos y épicas gestas cívicas. Condensa el largo batallar contra las ventajas indebidas, el padrón amañado, las mil y una trampas de priato en México. Lucha en la que sacar al gobierno, llámese poder ejecutivo, de la integración del órgano electoral, fue razón y existencia de huelgas de hambre, toma de carreteras, bloqueo de puentes, marchas y marchas de protesta. En la propuesta de reforma del Presidente López Obrador éste es el talón de aquiles, y su mayor incongruencia, pretender que de los 60 candidatos a consejeros electorales – para elegir 7 mediante voto popular - él pueda proponer 20.

Esa como otras inconsistencias con la propia lucha del Presidente deben ser retiradas, porque más allá de haber logrado el efecto provocador en las élites partidistas, también ha perturbado a muchas personas que no quieren estar de regreso a ese pasado. Esa provocación puede salirle cara al Presidente, porque está ahí, gran parte de la clase media que fue parte importante de su triunfo electoral en el 2018, particularmente en la Ciudad de México. Y ahí es donde sostengo que el Presidente no está leyendo adecuadamente los significados de la súbita presencia ciudadana en las calles. No ha sido capaz de distinguir entre marchistas y marchantes.

La marcha se desdobló en varias manifestaciones y arrojó distintos significados, no hay duda. Sostengo que la mayoría están movidos genuinamente por una idea de la democracia y sus instituciones, aquellos que en las decadas de los ochenta y noventa salieron a las calles para exigir respeto a la voluntad popular, y que ahora ante la mínima noción de un plantemiento de retroceso, ni siquiera una reforma votada, están dispuestos a defender lo que consideran una obra colectiva que les pertenece, y eso tiene enorme valor.

Por supuesto que entre los diversos significados de la marcha del domingo 13, uno de ellos es grotesco y delirante, ver al PRI – y sus impresentables -, enarbolando la bandera de la democracia. Que el PAN marche por la defensa del sistema electoral mexicano, está en su obligación ética y politica, siendo parte fundamental de su edificación. Pero que lo haga el PRI, con Alejandro Moreno al frente, es la desfachatez de esa maquinaria defraudadora contra la que siempre navegó cualquier intento o avance democratizador en el País. En Chihuahua, la imagen de esa realidad histórica fue aún más conmovedora y cínica: Francisco Barrio salió a marchar en Ciudad Juárez, y Fernando Baeza Melendez lo hizo en la capital. El primero fue el excepcional lider de la resistencia civil contra el fraude electoral de 1986; el segundo, el orquestador, protagonista y beneficiario principal.

Aglutinó también a un sector de la población enconado con el Presidente por su estilo de gobernar, y al que efectivamente, la estrategia presidencial ha logrado sacarle lo peor, un clasismo vergonzoso, con expresiones racistas y elitistas, que le dan materia a la escalada descalificatoria. El Presidente lo único que destacó fueron esas imágenes exepcionales y la presencia de los simuladores y los logreros. El problema es que arreó parejo, y aseguró que quienes marcharon lo hicieron a favor de los privilegios, la corrupción, el racismo, el clasismo, la discriminación, y en contra de la transformación. En la descalificación generalizada de quienes ocuparon casi 5 kilometros de la avenida Reforma, está sumando otra animadversión que no tenía.

Ya se ve a contrapelo la reforma constitucional del Presidente Lopez Obrador, salvo una nueva traición de última hora por parte de la dirigencia priísta. Y el plan B anunciado, por la via de la legislación secundaria, estaría muy acotado puesto que la estrategia legislativa de la última reforma electoral en la que directamente participé como senador de la republica (2014), fue la de redactar en el texto constitucional la reforma electoral con todo y sus especificidades. Técnica legislativa entonces criticada, pero que ahora sirve para atemperar las ansias de control sobre el INE.

El Presidente está obligado a hacer una pausa y reflexionar, para rectificar en algunas cuestiones, y con ello abrir autenticamente un dialogo y una negociación sí se quiere avanzar en los aspectos positivos de su propuesta. Y que no suceda como en la reforma energética, que por buscar el control de los órganos reguladores, no se pudo corregir los excesos y abusos de la reforma de 2013, sobre todo en el tema de la autogeneración y autoabasto. Ahora también se puede perder la oportunidad de Reducir el financiamiento a los partidos, aunque de otra manera. Reducir las Camaras de Diputados y Senadores también, y sobre todo, reducir el numero de regidores y diputados locales en las entidades federativas. Avanzar en el voto electrónico, y mejorar el sistema de fiscalización. Pero quizá ya ni esto se quiera en el fondo; sino sólo continuar la polarización. Sin embargo, no es lo mismo polarizar con el tema de la corrupción, de la desigualdad, de la violencia, de los privilegios, de la injusticia, que con la democracia; porque así sea sólo electoral, ese sí es un dato en el que coincidimos la inmensa mayoría. Insistir en debilitar al arbitro electoral, ahondará la división y puede conducirnos a un choque de trenes. ¿Eso es lo que realmente busca el Presidente de México?.

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